Editorial Celeste Molina 

Debido a la pandemia de COVID-19 el mundo se ha enfrentado a una crisis de múltiples dimensiones sin precedentes, sin embargo, los impactos no han sido los mismos en todos los territorios ni en todos los grupos humanos. La crisis ha tenido efectos desproporcionados sobre las mujeres y particularmente sobre las mujeres rurales y campesinas a nivel global (ONU, 2020).

Según la Organización de las Naciones Unidas, las restricciones de circulación, el cierre de tiendas, mercados y la interrupción de las cadenas de suministro ocasionadas por la pandemia han afectado a más de la mitad de las mujeres agricultoras en el mundo.

Las mujeres rurales desempeñan un rol fundamental en la seguridad alimentaria, pues representan aproximadamente la mitad de la mano de obra agrícola. Además, son agentes de cambio y crean resiliencia en los procesos de desarrollo (FAO, 2019).

La suspensión y ralentización de las actividades económicas ha generado inseguridad sobre los ingresos y el trabajo de ellas. Sin embargo, siempre han estado en la primera línea, pues durante la crisis, las mujeres rurales, campesinas, indígenas y afrodescendientes han continuado con sus labores para responder a la demanda de alimentos en las zonas urbanas, en sus propias comunidades rurales y de sus familias

Ante la crisis sanitaria que se atraviesa a nivel global es importante señalar que los riesgos para la salud se ven agudizados debido a las brechas territoriales, pues en las zonas rurales el acceso a los servicios de salud, medicamentos y vacunas es más limitado respecto a las áreas urbanas. Además, la suma de brechas tecnológicas, territoriales y de género afecta el acceso a información verídica para las mujeres rurales, quienes en muchos casos se encuentran aisladas y sufren la difusión de información errónea o la falta de comunicación (ONU, 2020)

La cantidad de horas diarias dedicadas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado también ha aumentado debido a la pandemia, ya que los hogares han pasado a ser el centro de muchas actividades productivas, mientras continúan siendo el núcleo de las actividades reproductivas, esto ha sobrecargado a las mujeres, a quienes socialmente se les ha asignado el trabajo no remunerado del hogar. También hay que considerar que 37 países de la región latinoamericana y caribeña han cerrado sus escuelas, lo que implica que al menos 113 millones de niñas, niños y adolescentes se encuentran en sus hogares, demandando más horas de cuidado (UNESCO, 2020). Al mismo tiempo, las mujeres se convierten en las responsables de la salud e higiene de la familia frente a la pandemia.

Esta situación se agrava para las mujeres rurales, pues el uso del tiempo tiene una relación directa con los ingresos y la pobreza. Los hogares rurales con menores ingresos enfrentan más privaciones, lo cual resulta en una mayor carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado para las mujeres. Estos hogares tienen limitado o nulo acceso a servicios públicos (salud, educación, transporte, agua potable, etc.) y a tecnologías ahorradoras de tiempo.

La CEPAL alertó que seis millones de mujeres rurales podría caer en pobreza extrema, además, actualmente el 8,4 % de las mujeres de América Latina y el Caribe enfrenta inseguridad alimentaria severa, en comparación con el 6,9 % de los hombres (FAO, 2018).

La crisis también ha exacerbado los niveles de violencia dentro de los hogares[1] y muchas mujeres se han visto más expuestas a sufrir diferentes tipos de violencia, principalmente en los territorios rezagados, ya que la mayoría de servicios de atención y protección para las mujeres que sufren violencia no están diseñados para responder en un contexto de crisis (OEA/CIM, 2020).

Las situaciones expuestas anteriormente evidencian la necesidad de hablar sobre los efectos de la crisis y las alternativas de alivio desde una mirada territorial y de género, poniendo el acento en las mujeres rurales, campesinas, indígenas y afrodescendientes, quienes tienen un rol estratégico en la recuperación post-pandemia. Es importe señalar que estas mujeres deben tener un rol en la toma de decisiones, pues son quienes tienen el conocimiento de las comunidades y sus necesidades, por lo que deben participar en todo el ciclo de las políticas públicas de recuperación.

Fuentes:

ONU, 2020. COVID-19: Apoyar a las mujeres rurales ahora, es apoyar su futura capacidad de recuperación: https://news.un.org/es/story/2020/10/1482462

FAO, 2019. Capacitación, orientación y legislación en apoyo de las mujeres rurales: http://www.fao.org/gender/insight/insight/es/c/1189987/

OEA/CIM, 2020. COVID-19 en la vida de las mujeres. Razones para reconocer los impactos diferenciados: http://www.oas.org/es/cim/docs/ArgumentarioCOVID19-ES.pdf

ONU Mujeres, 2020. Mujeres rurales, indígenas y afrodescendientes: Agentes claves para estrategias efectivas de recuperación post-pandemia: https://lac.unwomen.org/es/noticias-y-eventos/articulos/2020/10/mujeres-rurales-indigenas-afrodescendientes-agentes-covid-19

[1] Ver Análisis de Coyuntura nº 5 “La situación de las mujeres en la región: intensificación de la carga de trabajo y violencia de género durante la pandemia” (RIMISP, 2020).

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