Al iniciar la pandemia, muchos pensaron que el mundo rural tenía mayor resiliencia para enfrentar las consecuencias del confinamiento, sin embargo, los resultados del mercado laboral rural han evidenciado lo contrario, revelando graves secuelas en las condiciones laborales de las mujeres y jóvenes rurales.

Con el objetivo de impulsar estrategias de transformación para la equidad territorial, Rimisp con el apoyo financiero de Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), realizó un análisis que permitiera conocer los posibles efectos del COVID-19 en el empleo rural colombiano, generando información oportunidad y de calidad que representa un insumo para las medidas y políticas públicas que se diseñen en la Misión de Empleo, creada en el país en julio de 2020.

Como parte del contexto, el análisis destaca que antes del confinamiento decretado por la pandemia, ya se evidenciaba un deterioro en el mercado laboral nacional, caracterizado por la tendencia decreciente tanto de la participación como de la ocupación, y de aumentos sostenidos de la inactividad y el desempleo. “De hecho, para el 2019, el desempleo en el país superó las dos cifras ubicándose en 10,5% (lo cual no sucedía desde el 2012), se acentuó el aumento de la inactividad y la caída de la ocupación y la participación laboral” señala el documento. No obstante, hasta febrero del 2020 existía una moderada recuperación del empleo en el área urbana, pero se mantenía el deterioro en el área rural, debido, principalmente, a la caída del empleo agropecuario.

De la misma manera, el estudio destaca diversas características estructurales del mercado laboral rural que ayudan a entender los efectos de la crisis del COVID-19. Por ejemplo, en las áreas urbanas hay más participación laboral con mayores tasas de ocupación y desempleo, mientras que en las áreas rurales hay una menor participación laboral debido a una mayor inactividad, lo cual lleva a que haya menores tasas de ocupación con tasas más bajas de desempleo. “Además, la participación y la ocupación en el mercado laboral rural están concentradas en los hombres, mientras que las mujeres tienen a su cargo trabajos no remunerados entre los que se encuentran las actividades de la economía del cuidado y otros trabajos secundarios” destaca el análisis.

De acuerdo con lo planteado en el documento, estas brechas por sexo en el mercado laboral rural se pueden explicar por dos razones. Por un lado, puede deberse a un problema de medición e inequidad en las labores de cuidado, pues estas labores, realizadas en mayor medida por mujeres, son clasificadas dentro de la inactividad. Además, en las estadísticas no se suele tomar en cuenta aquellos trabajos secundarios no remunerados realizados por las mujeres en las fincas. Por otro lado, hay un factor estructural que discrimina a las mujeres en la ocupación en trabajos agrícolas por fuera de su hogar, debido a que estos requieren de una alta carga de trabajo físico y se asume que son mejor llevadas a cabo por los hombres.

Por otro lado, es necesario advertir que en momentos de escasez económica o de crisis, tal como esta pandemia, la evidencia ha mostrado que las mujeres sufren mayor violencia doméstica y además se intensifica la carga de trabajo en el hogar. Por tal razón, es fundamental hacer un énfasis específico en las diferencias entre hombres y mujeres dentro del análisis de los efectos de la pandemia.

En cuanto a las y los jóvenes rurales, el documento señala que el 65% es inactivo dentro del mercado laboral, y no por razones de estudio, pues un importante porcentaje no se encuentra ni estudiando, ni trabajando (lo que se conoce como población NI-NI). Esto evidencia falta de oportunidades laborales para esta población, lo cual de nuevo se acentúa en las mujeres, pues más del 40% de las jóvenes rurales entre 14 y 28 años se clasifican dentro de este grupo. Así, las personas jóvenes enfrentaban la crisis del COVID-19 con altas tasas de inactividad y poca generación de empleos para ellas y ellos.

“Abordar la pérdida de ingresos que se viene presentando en las zonas rurales y el efecto concentrado en las mujeres y los jóvenes, es una alternativa para evitar que los efectos rezagados profundicen las brechas existentes, a través de una expansión de los programas de protección de ingreso a las zonas rurales y vinculadas a las actividades agroalimentarias” señala Claudia Ospina, Investigadora de Rimisp

Ahora, con respecto a la crisis del COVID-19, el documento señala que el confinamiento entre marzo y julio del 2020 tuvo efectos negativos y significativos en el mercado laboral rural colombiano “En primer lugar, se debe destacar que los efectos de la pandemia se han dado de forma rezagada en la ruralidad, pues en estas zonas el mes de más bajo nivel de empleo fue mayo, mientras que para el total nacional fue en el mes de abril”, señala el documento.

En segundo lugar, se destaca que el trabajo informal se vio levemente más afectado que el formal, siendo el 65 y el 35% respectivamente de las pérdidas de empleos, lo cual resulta clave para pensar en la recuperación, pues el empleo formal es más difícil de restablecer y además, ya era bastante reducido en la ruralidad, mientras el empleo informal se recupera más fácilmente aunque su prevalencia era muy alta en las zonas rurales.

Ángela Penagos, actual directora de la Iniciativa Agroalimentaria de la Universidad de los Andes, participó en la elaboración de este análisis. Penagos considera que “es muy importante tener en cuenta la necesidad de contar con medidas de política pública que consideren las limitaciones que existen para la recuperación del mercado laboral rural pues los impactos tienden a ser más profundos, difíciles de reversar y preocupa que se considere que los efectos de la Pandemia no tendrán una expresión en la ruralidad”.

En términos de género, en el caso de los empleos formales agropecuarios, los más afectados fueron los hombres, pues son ellos los que se logran ubicar en este tipo de trabajos (representan el 82% de los empleos perdidos en ese sector), mientras que el 73% de la pérdida de empleos no agropecuarios correspondió a mujeres, reflejando su mayor participación en este tipo de trabajos.

En términos de la informalidad, las mujeres son las más afectadas por la pérdida de empleos no agropecuarios (62%), pues son ellas las que más participan en este tipo de trabajos.

En síntesis, el empleo de las mujeres rurales presenta mayores caídas en la informalidad comparado con el de los hombres. Lo anterior aporta evidencia en términos de la vulnerabilidad de las mujeres para enfrentar la crisis. En específico, porque están vinculadas en gran parte con trabajos no agropecuarios, los cuales estuvieron más restringidos por las medidas de confinamiento, y porque fueron una proporción importante de los empleos informales perdidos.

En conclusión, esto evidencia que el mercado laboral rural colombiano se ha deteriorado como consecuencia del confinamiento por la pandemia del COVID-19. Los efectos se han concentrado en las actividades que se clasifican como no agropecuarias, sin embargo, las actividades agropecuarias, que estuvieron excluidas de las restricciones de movilidad por el confinamiento, también han sido afectadas de forma significativa.

De esta manera, Rimisp genera conocimiento para comprender las transformaciones del mundo rural de tal forma que represente un insumo para la construcción de políticas públicas que reconozcan las particularidades de los territorios y sus habitantes en Colombia

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