Rodrigo Yáñez

Hoy día, a fines de abril del año 2020, son más de tres millones los infectados por COVID-19 alrededor del mundo según la Universidad John Hopkins. Un número que impacta por sí solo, incluso cuando todo indica que el número real de contagiados es largamente superior. La rápida expansión del virus y el confinamiento masivo han llevado a repensar el estado de la sociedad hasta en su más íntimo sentido, ya que el salto del virus desde el murciélago al humano, y las condiciones que propiciaron ese salto, pusieron en relieve las formas de construir sociedad y la relación entre la propia sociedad y la naturaleza.

En América Latina, la expansión del virus empezó su aceleración durante el mes de marzo y, con ello, con cada vez mayor velocidad se comenzaron a establecer medidas políticas y económicas para paliar los efectos de la crisis. De manera general, en un principio, las decisiones estuvieron orientadas a la esfera sanitaria, a las medidas de cuarentena y el cese de actividades no fundamentales. Le siguieron anuncios con multimillonarias cifras para apoyar el desempleo y el derrumbe de miles de empresas y, mientras el número de infectados seguía aumentando, fueron apareciendo temas que no estaban en la primera página de la agenda de marzo, como los costos psicológicos que está pagando la población por el confinamiento, el aumento de la violencia contra las mujeres y los niños, el espacio que han ganado las bandas de narcotráfico y un aumento cada vez más marcado de casos en los sectores más vulnerables y desprotegidos.

Los países latinoamericanos tuvieron la oportunidad de adelantarse algunas semanas al virus tomando en consideración lo que estaba pasando en China y Europa. La mayoría así lo hizo, y eso explica en gran medida los aciertos y fracasos en el control de la pandemia cuando se compara la evolución del virus entre los países de la región. Sin embargo, los gobiernos han tenido que tomar sus propias decisiones y, especialmente ahora que comienzan a aparecer las consecuencias secundarias como las antes descritas, han tenido que innovar y adaptarse frente a la realidad heterogénea de sus territorios.

Aun no existe un completo entendimiento sobre el virus, como así tampoco hay plena seguridad sobre el efecto de las medidas que es necesario tomar para contener la crisis sanitaria y económica. Sin embargo, sobre este escenario de incertidumbre, cada país ha comenzado a cimentar su ruta para controlar la situación. En este proceso, desde Rimisp consideramos que es necesario destacar, asimismo, cómo ha ido emergiendo un mosaico de debates sumamente relevante al interior de los países sobre las implicancias que tendrán estas medidas en los caminos de desarrollo. Los países de Norte, Centro y Suramérica, al mismo tiempo que enfrentan la pandemia, han comenzado a repensar los acuerdos sobre los cuales se han estructurado las sociedades latinoamericanas durante los últimos años.

Por ejemplo, ha ganado una fuerza renovada el debate sobre la importancia de fortalecer los sistemas de salud pública y avanzar en una agenda de protección social no solo para los sectores asalariados, sino que también para el gran número de trabajadores del sector informal. Con la detención de las ciudades, el breve mejoramiento de los indicadores medioambientales y la aparición de una fauna casi extinta en las grandes metrópolis, el cambio climático adquirió otro rostro en los ojos de la ciudadanía. El rol que han desplegado los gobiernos federales y locales desde el inicio de la pandemia ha puesto en evidencia la relevancia de la descentralización del poder. Y, finalmente, la radicalidad de los eventos, como los días de confinamiento, pusieron de vuelta en un mismo plano a las generaciones más adultas y los jóvenes, dos eslabones de una cadena que en este principio de siglo parecían reproducir el quiebre generacional de los años 1960.

¿Qué se puede sacar en concreto de todo esto? Aun es temprano para establecer conclusiones. No obstante, lo que sí se puede desprender de estas experiencias, es que no es después de la pandemia que llegará el futuro, que las sociedades cambiarán. El futuro es hoy, está sucediendo, y cada uno de los hechos que atraviesan las sociedades latinoamericanas es historia que está abriendo un nuevo horizonte de posibilidades. La pandemia no solo se ha llevado vidas, también ha derribado certezas, lo que permite que los ciudadanos recuperen un protagonismo postergado en este nuevo siglo.

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